Berlín Capital de Europa 1ª parte
Registrado en
Ciudades.
Escrito en español por
Gradium
Team,
el 03/09/2009 - 20:38.
Viaje a la capital de Europa en busca de gente cool
Berlín. Capital de Europa. 1ª Parte
Viajamos buscando luces, cosas grandes, enanas, brillantes, tremendamente lejos o sencillamente diferentes.
Lo primero que nos encontramos al llegar a un nuevo lugar, por lo general es el clima. El olor es diferente, la lluvia moja igual, el frío o el calor ligeramente distinto. En la mochila llevamos expectativas, tópicos, una foto robot de lo que uno espera encontrar. Así que es mejor tirarla a la basura nada más subir al avión o lo que sea. Viajar con tanto equipaje es malo para sentir realmente la fuerza de las luces que uno andaba buscando.
Viajas a Berlín y lo primero que tiras a la basura es la idea de encontrar malvados soldados con esvásticas, lo siguiente pensar que existe el país de las cabezas cuadradas. Es mejor que el viaje te transmita día a día y que la historia que has estudiado se reconstruya con una nueva perspectiva. La tuya.
Llegar al aeropuerto de Schönefeld, fumarte un cigarro en la puerta junto a un cartel en alemán, mientras observas a un señor enorme de piel blanca enrojecida y un pelo rubio canoso, nos hace empezar a construir nuestra película de espionaje.
Taxi, please, to Berlin. Para empezar bien el viaje, empezamos chapurreando inglés, que al ser idioma oficial de los países del G20 nos permite evitar el lenguaje de los signos en muchas de nuestras rutas.
Berlín se abre inmensa. Entramos por el este. Es importante el detalle, porque las primeras personas que uno encuentra y las primeras casas que uno ve son la estructura sobre la que uno empieza a construir la experiencia del viaje. Unos BMW nos han adelantado a más de 150 km/h, supongo que para empezar con emociones. Los edificios son feos, grises, sin gracia. No se parece en nada a las postales del octoberfest que me envió mi amigo Quicos. Poco a poco cambia, a peor. Todo está humedo y bajo un cielo gris, es enero y hace un grado. Entiendo que la gente vaya tan abrigada y se detenga tan poco en las calles. Paramos en un puesto de perritos bajo un puente, hay un poco de cola. Es sorprendente que unas curry würst o como se llamen tengan adeptos tan dispuestos a soportar un escenario tan sórdido. Estamos rodeados de carteles, unos sobre otros, despegados y vueltos a pegar peleando su espacio con grafittis de mal gusto en idioma desconocido. Una cerveza y una salchicha rara después, empieza uno a sentir cierta belleza oculta, una extraña atracción que te empuja a seguir ganando metros hacia un centro que no existe.
Otro taxi. Alexander Platz, please. Tras cientos de calles atravesando la jungla de cemento soviético nos encontramos de frente con un enorme torreón de telecomunicaciones reinando sobre enormes plazas y con un ojo puesto sobre el oeste. Justo debajo hay unas bicis para alquilar. La idea de cruzar la ciudad a ritmo de pedal me reconforta, ni demasiado rápido ni lento, interactivas con el medio y ecológicas.
La gente recorre las plazas, y desaparece en los metros y los pasos subterráneos ultra grafiteados. Tal vez debí elegir el metro. Para la misión de espía debería empezar a seguir a gente, aunque no es fácil cuando huyen en todas direcciones.
Me apropio de un callejero y me trazo un par de rutas dibujando un ocho. Para empezar pongo rumbo al oeste. Un cigarro y una Berliner Weisser con jarabe verde, una bocanada de aire fresco y a pedalear.
El viaje empieza a tomar una nueva perspectiva. La belleza boicotea tus pretensiones de cruzar Berlín y salir indemne. La avenida de los tilos, la opera, Museuminsel (la isla de los tesoros mas imponentes del universo), hasta llegar a la puerta de Bradenburgo. Imposible seguir a partir de aquí sin parar a respirar. Llenar los pulmones y llorar, si llorar. La emoción es absoluta. Tanta belleza renacida de las cenizas te convierte en un creyente del milagro alemán. El viaje a dado un giro de 360º. Berlín empieza a mostrar razones y encantos para dejar anonadado al más exigente. Reichstag, tiergarten y finalmente un codillo y tres Berliner weisser cerca de check point Charly e iniciamos la conversión en un berlinés cualquiera. El Camarero amable y educado con carrera y conocedor perfecto de cuatro idiomas se brinda a enseñarme alguno de los lugares más interesantes de Berlín de noche. Curiosamente la noche vuelve a llevarme al este, al cemento soviético. Un club de jazz y un excelente concierto abre la ruta de las maravillas del underground, arte en estado puro, rock and roll, góticos, estudiantes y trabajadores desaliñados dan rienda suelta las ganas de diversión y conversación. Jaggermeister y cerveza Becks corre por las mesas de los pubs. Acabamos escondiéndonos en un lugar llamado Knaack, un antro adorable para los amantes del rock hasta que la madrugada invita a conocer las discotecas de música electrónica más curiosas del mundo, ya fuera en sótanos o en casas grafiteadas.
Al amanecer me pongo rumbo al Sony center, esta vez en metro. Desayunar sushi en un metro es algo que no había hecho nunca y si aquellos altos alemanes lo hacían yo también. Después de una noche tan larga estaba bien tomar energías para ver los centros comerciales, la milla de oro y seguir buscando gente cool a la que seguir.
El viaje a la capital de Europa había empezado con buen pie.
El cansancio y la resaca tienen un efecto sensibilizador. Ver el cementerio de hormigón dedicado al holocausto me hizo pensar en el tremendo castigo que un pueblo tan como todos los pueblos debía soportar a diario. Berlín es capital de europa por derecho propio, porque ha sabido perder dos veces y sin embargo ganar todos los días en la carrera por una sociedad mejor. Gracias Berlín por hacerme creer en los milagros!
Viajamos buscando luces, cosas grandes, enanas, brillantes, tremendamente lejos o sencillamente diferentes.
Lo primero que nos encontramos al llegar a un nuevo lugar, por lo general es el clima. El olor es diferente, la lluvia moja igual, el frío o el calor ligeramente distinto. En la mochila llevamos expectativas, tópicos, una foto robot de lo que uno espera encontrar. Así que es mejor tirarla a la basura nada más subir al avión o lo que sea. Viajar con tanto equipaje es malo para sentir realmente la fuerza de las luces que uno andaba buscando.
Viajas a Berlín y lo primero que tiras a la basura es la idea de encontrar malvados soldados con esvásticas, lo siguiente pensar que existe el país de las cabezas cuadradas. Es mejor que el viaje te transmita día a día y que la historia que has estudiado se reconstruya con una nueva perspectiva. La tuya.
Llegar al aeropuerto de Schönefeld, fumarte un cigarro en la puerta junto a un cartel en alemán, mientras observas a un señor enorme de piel blanca enrojecida y un pelo rubio canoso, nos hace empezar a construir nuestra película de espionaje.
Taxi, please, to Berlin. Para empezar bien el viaje, empezamos chapurreando inglés, que al ser idioma oficial de los países del G20 nos permite evitar el lenguaje de los signos en muchas de nuestras rutas.
Berlín se abre inmensa. Entramos por el este. Es importante el detalle, porque las primeras personas que uno encuentra y las primeras casas que uno ve son la estructura sobre la que uno empieza a construir la experiencia del viaje. Unos BMW nos han adelantado a más de 150 km/h, supongo que para empezar con emociones. Los edificios son feos, grises, sin gracia. No se parece en nada a las postales del octoberfest que me envió mi amigo Quicos. Poco a poco cambia, a peor. Todo está humedo y bajo un cielo gris, es enero y hace un grado. Entiendo que la gente vaya tan abrigada y se detenga tan poco en las calles. Paramos en un puesto de perritos bajo un puente, hay un poco de cola. Es sorprendente que unas curry würst o como se llamen tengan adeptos tan dispuestos a soportar un escenario tan sórdido. Estamos rodeados de carteles, unos sobre otros, despegados y vueltos a pegar peleando su espacio con grafittis de mal gusto en idioma desconocido. Una cerveza y una salchicha rara después, empieza uno a sentir cierta belleza oculta, una extraña atracción que te empuja a seguir ganando metros hacia un centro que no existe.
Otro taxi. Alexander Platz, please. Tras cientos de calles atravesando la jungla de cemento soviético nos encontramos de frente con un enorme torreón de telecomunicaciones reinando sobre enormes plazas y con un ojo puesto sobre el oeste. Justo debajo hay unas bicis para alquilar. La idea de cruzar la ciudad a ritmo de pedal me reconforta, ni demasiado rápido ni lento, interactivas con el medio y ecológicas.
La gente recorre las plazas, y desaparece en los metros y los pasos subterráneos ultra grafiteados. Tal vez debí elegir el metro. Para la misión de espía debería empezar a seguir a gente, aunque no es fácil cuando huyen en todas direcciones.
Me apropio de un callejero y me trazo un par de rutas dibujando un ocho. Para empezar pongo rumbo al oeste. Un cigarro y una Berliner Weisser con jarabe verde, una bocanada de aire fresco y a pedalear.
El viaje empieza a tomar una nueva perspectiva. La belleza boicotea tus pretensiones de cruzar Berlín y salir indemne. La avenida de los tilos, la opera, Museuminsel (la isla de los tesoros mas imponentes del universo), hasta llegar a la puerta de Bradenburgo. Imposible seguir a partir de aquí sin parar a respirar. Llenar los pulmones y llorar, si llorar. La emoción es absoluta. Tanta belleza renacida de las cenizas te convierte en un creyente del milagro alemán. El viaje a dado un giro de 360º. Berlín empieza a mostrar razones y encantos para dejar anonadado al más exigente. Reichstag, tiergarten y finalmente un codillo y tres Berliner weisser cerca de check point Charly e iniciamos la conversión en un berlinés cualquiera. El Camarero amable y educado con carrera y conocedor perfecto de cuatro idiomas se brinda a enseñarme alguno de los lugares más interesantes de Berlín de noche. Curiosamente la noche vuelve a llevarme al este, al cemento soviético. Un club de jazz y un excelente concierto abre la ruta de las maravillas del underground, arte en estado puro, rock and roll, góticos, estudiantes y trabajadores desaliñados dan rienda suelta las ganas de diversión y conversación. Jaggermeister y cerveza Becks corre por las mesas de los pubs. Acabamos escondiéndonos en un lugar llamado Knaack, un antro adorable para los amantes del rock hasta que la madrugada invita a conocer las discotecas de música electrónica más curiosas del mundo, ya fuera en sótanos o en casas grafiteadas.
Al amanecer me pongo rumbo al Sony center, esta vez en metro. Desayunar sushi en un metro es algo que no había hecho nunca y si aquellos altos alemanes lo hacían yo también. Después de una noche tan larga estaba bien tomar energías para ver los centros comerciales, la milla de oro y seguir buscando gente cool a la que seguir.
El viaje a la capital de Europa había empezado con buen pie.
El cansancio y la resaca tienen un efecto sensibilizador. Ver el cementerio de hormigón dedicado al holocausto me hizo pensar en el tremendo castigo que un pueblo tan como todos los pueblos debía soportar a diario. Berlín es capital de europa por derecho propio, porque ha sabido perder dos veces y sin embargo ganar todos los días en la carrera por una sociedad mejor. Gracias Berlín por hacerme creer en los milagros!


Ampliar texto
Reducir texto
Imprimir artículo
Enviar a un amigo

Subir al inicio